Terror en la luz.

El cielo es infinito para el pájaro entre rejas.

domingo, 27 de noviembre de 2011

O no.

Pongamos que lo mejor de todo en la vida es lo que menos uno quiere que sea. Tú arrimas el hombro y él no se apoya. Tú excitas sin quererlo y él acepta. Te muerdes un labio en el sentido más inocente y él se empalma. Pongamos que todo es absurdo.
Imagínate no poder soñar jamás. Tal vez el punto exacto de la felicidad consta de impulsos. Un día alguien me expuso su impulso más perverso y yo acepté sonriente su insinuación. Pongamos que eso fue algo nuevo y que me sentí atraída a pisar sin calma la sed del mal que podría llegar a habitar en dicha propuesta.
Insinúate a ti mismo. Visualiza el mundo desde la perspectiva de una mujer encima de un hombre atractivo botando en una cama de 1X1. Imagínate justo eso... Botando en una cama de 1X1. Resbalando sobre un cuerpo parcialmente desconocido que se limita a un juego.
Propón, sobre ti, un lujurioso detalle. Sé locura incandescente.
Sería como no ser. Así, escotados todos bailando "La Marcha de la Vida", un nuevo invento del ser humano desde los tiempos prehistóricos.
Buscas el mayor cambio irreconocible en ti, y te planteas dar el paso jamás visto, jamás sentido. Imagínate todo eso dentro de un baño de 1X1.
Y horas de pasión. Sin palabras, solo gritos corruptos. Lágrimas de ardor plancentero sembradas en ese cuerpo que ahora ya tan solo conoces por el latido de un corazón que incluso puede no existir.
Al día siguiente... No, venga. Ni tan siquiera habría un día siguiente. En el momento en que todo cesa, nadie irá contigo a pasear. Nadie se mojará por volver a mirar unos ojos que no tienen ninguna importancia. La piel, el roce, el calor proporcionado en el acto impulsivo, solo sirven para saciar el momento que duró horas, sin significado alguno.
Eso eres. Una pieza no de coleccionista, si no de colección para alguien. Un nombre más en una lista importante para quien jamás será galán.
¿Y todo eso importa? Depende. Claro.
A veces eso puede significar algo muy importante. Un paso que podría ser el principio de todas las cosas o el mayor error que jamás podrás perdonarte en tu vida. Pero a veces el mayor error está en las cosas ya hechas con la mayor compasión e inocencia del mundo. A veces hay que delatarse, aunque no hayas sido asesino. A veces uno debe sentirse juguete aunque nunca se haya creído niño.
Y los pilares del mundo, caen. Y la brisa marina ya no será una manta dulce que te sonríe como antaño. Entonces todo será fuego, terremoto, tormenta.
Y quizás veas un hilo de luz, conductor hacia una vida perfecta, con un nombre perfecto, una fama siniestra pero seductora.
O no. O todo serán risas para el resto y el fin de la etapa vital más conmovedor del mundo...

lunes, 21 de noviembre de 2011

Me encontraste.

Y dos.
Se matan, se pelean, se estresan, se hieren. Uno encuentra, el otro busca. Te encontré y me encontraste hace mucho, mucho tiempo. Lanza al viento ese suave mensaje que sabes que quiero saber, yo mientras, abriré los ojos fuerte, para verlo por si no lo escucho...
Me encontraste de pie, sentada, empapada en sudor.
Me encontraste cuando nadie me había todavía encontrado. Cuando detestaba el mundo entero. Cuando amaba sin saber qué más hacer.
Polinicé por ti. Recordé viejos tiempos tuyos y míos.. O tal vez solo míos.
Hoy sigue. El guión escrito por algún enfermo mental. Una historia que uno de los dos no debe conocer en profundidad. una falta de entendimiento. Un quiero y no puedo. Somos nosotros mismos quienes nos limitamos, y lo sabemos, pero no vamos a hacer nada por ello.
¿Soy tu referencia?
Dos, y dos. Uno y dos. Uno y ninguno.. O tres.. o todos.
Ojalá lo hicieras y ojalá yo no. Me encontraste de nuevo, en el momento más inoportuno. Cuando soy blanda y cruel y todo me importa más que nada en el mundo.
Lo fácil aburre. Nos aburrimos ambos a los dos días, pero yo, acabo detestando estar sin tu voz, vivir sin eso, ni esto, ni aquello. Tú vives, sabes alcanzar metas que no te importa que no importen... Tú ya no haces locuras. Tú sigues siendo el mismo, en todos los sentidos.

lunes, 11 de julio de 2011

De los porqués.

Mi voluntad ha elegido la vida.

Si mi venganza fuese la de un perro. Si mi valor fuese. Si mi valentía surgiera. Destrozarlo todo. Animal de agallas crujientes, de distante lejanía para con el mundo. Si mi voluntad eligiera la muerte, de nada serviría el tiempo. Acaparo ese tiempo, subrayo los compases del hipócrita mundo. Absoluto silencio ya. Si mi voluntad eligiera la vida, benditos ojos. Sabia paciencia. Ingratos sueños. Protégeme, méteme en aquel iglú dorado. No dejes que los días borren. Si mi venganza fuese la de un perro, mordería, mataría. Si mi voluntad ha elegido la vida es por acuerdo tácito, compromiso de las estrellas mudas. Acreciento mi ira hacia cualquier objeto cóncavo mientras recupero el aliento y envaino mis armas inútiles. Aborrezco los sonidos humanos.

martes, 3 de mayo de 2011

Delirios...

No sé si nací dormida. Cuando abrí los ojos un tumulto de vidrio me acaparó los ojos y jamás volví a ver con nitidez. Ya en aquel momento fui víctima de injurias, de falacias perdidas en medio de ese mar rotundo que es la vida. Luego pensé que jamás podría volver a quejarme de algo, pues todo estaba cortado en lonchas por el punzante resplandor del vidrio sobre la piel. Desgastado. Liso. Eso demuestra de mi ser transparente, con los ojos aguados y la lengua plastificada. Y el mundo se perdió sin yo poder verlo en su totalidad. Las consecuencias de todo aquello fueron obvias: todo el mayor sentido de la culpabilidad, fragmentos de dolor enroscados en el cordón umbilical y dosis de arrepentimiento perfectamente seccionadas por temas. El vidrio. Lo que puede provocar cualquier material distribuido de forma incorrecta.
Entonces comprendo que para enfrentarme a los días tengo que vestir mi capa blanca, tupida. A veces siento que no existo y, sinceramente, es la sensación más perfecta y envidiable de todas. La ganadora del premio a la mejor transmisión de placer. La dama perversa que arranca de uno la lujuria y la hace añicos verdes. Sí, del mismo color de ese vidrio que yo vi al nacer y por el que creí llegar al mundo dormida.
Los sueños que provoca esto son eternos. Casi como si estuviera muerta, como un cinismo conmigo misma que irradia temor y me hacer creérmelo y ver túneles y sospechar vivir en paralelo al resto. Es como una uña clavada hasta el esternón. Como una mano que se adentra por entre las costillas y alcanza el corazón ya sin pulso. Es el material viscoso turquesa. Todo mi cuerpo es turquesa. Los ojos de la matrona, de las vírgenes, de los gatos. Los trozos de arco iris que aún quedan en mi regazo, stock de la infancia.
Creo haber nacido dormida. Creo haber vivido sonámbula. Creo haberme adentrado en la confusión entre ficción y realidad. El fracaso es lo más parecido a un sueño.

martes, 26 de abril de 2011

"Tu amor me hace bien". En relato

Es justo ahí, en ese momento que expira, en el recoveco de las milésimas que más bien pronto dejará de suceder, cuando repasas mentalmente la vida. Estoy entubada. No tengo ningún tipo de miedo, aún me sigue quedando ese “poquitín” para estar bien, pero confío en que al principio o al final de la resolución de la sentencia, de mi sentencia, terminará completándose. Siento anises que me caen de la cabeza. Es una sensación bastante extraña, pero no única. Escuché decir a mi abuela que eso también le sucedía a nosequién de nosedónde. Son anises con demasiado sabor, tanto que casi ni lo asimilo.

Me centro en una chica muy guapa y atractiva que habla con un chico de su misma especie. Ella le mira perdida de amor, en él, por supuesto, se ve sexo a raudales. Creo incluso ver cierto bulto en la zona X de su cuerpo. Yo aquí, a punto de entrar en ese túnel y con pensamientos impuros… No cambiaré. Si tuviera un mínimo de fuerzas incluso podría sentir el cosquilleo del placer. Pero simplemente noto frío y calor acumulados en la cúspide de mis entrañas, ahí, contrastándose de vez en cuando y haciéndome perder el norte.

Mi madre ya me había comprado el vestido con tutú que yo quería para la graduación. Está en el armario “del lao de allá” como solía llamarlo. Sospeché en algún momento que algo raro, diferente, vivía dentro de mi, pero tampoco quise preocuparme. Yo estudiaba y aprobaba con buenas notas, yo reía, presumía, comía y dejaba de comer, cantaba, insistía en ponerme morena para el gran día. Quedan solo 20 días para ese gran evento. El acontecimiento por el que pasan miles de alumnos al año pero que para mi era exclusivo, pues por primera vez en la vida me iba a sentir alguien muy importante. Desde bien pequeña había soñado con ese día. No sabía si como médica, filósofa o empresaria, pero algo. En 20 días sería periodista. Una periodista sin ningún tipo de importancia. Sencilla, trabajadora, eficaz… Jamás iba a destacar, no tengo ni buena mano, ni buena voz ni imagen segura, pero podría ayudar, supongo, a mejorar cualquier parte de la vida carente de cariño. Ahora el vestido rosa pálido que tanto nos costó encontrar yace allí, en el armario de madera amarillenta. Supongo que allí quedará, y quién sabe si algún día será objeto de exposición junto con mi habitación entera, como las casas de los años 60 que vi con mis compañeros de carrera en nuestro viaje a Estocolmo hace unos meses, y que pasamos a denominar “de la época”, aplicando el término posteriormente a todo:

-¡Mira qué bolso tan chuli me he comprado!

-Claro, ¡es un bolso de la época!

Pero pensándolo bien, ahora también estoy siendo importante. Siempre me ha parecido curioso observar cómo en estos momentos en los que estás a punto de quedarte de verdad solo, de despedirte para siempre de todo el mundo, eres importante. Es una importancia si no perfecta, sí algo muy parecido. Todos te miran, da igual con qué cara. Mi madre siempre viene feliz a hablarme, me cuenta historias de lo que pasa ahí fuera con el tono de siempre para no preocuparme. Tampoco me iba a preocupar, ya no tengo pánico, pues lo peor ya lo he pasado. Ahora solo queda esperar.

Mil preguntas se me pasan por la cabeza. ¿En qué me reencarnaré? Siempre me ha apetecido ser un pájaro, tal vez por esa libertad implícita que conlleva volar. Volar. Uno siempre quiere volar, muy alto, alzar el vuelo y llegar a ser grande en la vida. Pero muy pocos deseamos volar de forma literal, cogiendo carrerilla y lanzándote al vacío sin temor a caer, pues tienes en los pies dos pequeñas naves espaciales que arrancar de ti la fuerza y la energía suficientes para traspasar mil mundos completos.

Ahora sí que sí, viene la enfermera borde, esa de los ojos saltones, de sapo, con su jeringa a medio rellenar. ¿Por qué? ¿Tienen miedo de pasarse con la dosis? Ya viene a dormirme. Pues hoy me voy a resistir, aún no ha venido a verme él, y no pienso trasladarme al mundo de los sueños sin verle. Él, mi novio, la persona que más me ha querido en la vida y supongo que lo seguirá haciendo si me paso al otro barrio.

Ya siento el vino blanco correr por la vena verde. Creo que están teniendo problemas, se están acelerando un poco. La mujer esta, insoportable, se va corriendo, a mi, se me va a salir el corazón del pecho. Ya llegó él, míralo, está perfecto. Qué pocas veces se lo he dicho y qué de veces le he acusado de mirar culos que no eran el mío… Tengo que pedirle perdón antes de irme, pero, ¿cómo? ¡Si no puedo hablar! Me pongo más nerviosa aún. Viene un médico, por cumplir, pues todos están concienciados de que “no hay nada que hacer”, siento cómo se me van cerrando los párpados, pero no significa que me esté muriendo, solo cierro los ojos para recordar su olor, su sonrisa, y todas esas cosas cursis, sí, soy muy cursi. Me esfuerzo de nuevo en hablar. Toso. El médico me mira asombrado. Abro los ojos con tanta fuerza que casi mato a todos los allí presentes con la mirada. El médico se acerca, mira hacia donde miran mis ojos y ve que es hacia él.

-Chico, me temo que tu amor le hace bien.

Es justo la frase que encaja. “Tu amor me hace bien”. Tu amor me revive, me altera, me asusta. No moriré jamás, y si he de hacerlo, que sea por ti, no por este cáncer. Muero por un beso y él lo entiende. Viene, me lo da, y soy tan feliz que se me quitan las ganas de cualquier otra cosa. Me olvido de luchar. Decaigo un poco y él lo nota. Se aparta de mi y yo hago el amago de querer atraparlo. “No puedo”, leo en sus ojos. Al final le da igual, vuelve a mi, se tumba a mi lado en el poco espacio que queda y duerme conmigo. Me toca el pelo, me hace cosquillas en el brazo como cuando dormíamos juntos en mi piso alquilado de Madrid. Así ya no hay dolor. No ha llegado mi hora todavía pero me siento totalmente en el paraíso. Si no cuento los segundos que quedan para mi muerte es por él. Si no miro con extrañeza todo lo que ha cambiado en un solo mes, es por él. Si no actúo como si no entendiera nada, es porque él me mantiene viva. ¡Señores expertos de la medicina del mundo! Tengo la cura del cáncer. Ojalá se sintieran esto los políticos, los piratas, los maltratadores, los terroristas, los matasueños…Ojalá fueran felices, como yo, aunque solo fuera un instante.

martes, 25 de enero de 2011

No importa.

Una fibra óptica desconocida trata de acaparar mi ojo, y me niego.

Sonreír no es tan complicado, si no, díganselo a todos aquellos que tienen esa manía, o a los payasos, que llevan la sonrisa dibujada.
Me he balanceado entre los recuerdos más importantes de estos últimos años con la intención de encontrar una pista que me haga recordar cómo lo hacía. Yo estuve hasta las 8 de la mañana de fiesta y luego viajé sin dormir. Yo hice pis en un basurero, delante de gente y me rompí las medias. Yo me caí al suelo, me reí hasta tener dolores. Hice muchas cosas que ya no sé hacer. He querido volver a aquello, saltar sin nombre, volar en modo Gadget. Pero no, y no, y no, y no.
No importa que el sol me dé.

miércoles, 24 de noviembre de 2010

Noviembre.

"Me siento bastante sola. Bastante sola"

Seguro que tiene que haber una forma, una manera de describir lo que ahora mismo sucede dentro de mi cuerpo, pero no doy con ella. Creo que después de 21 años de vida, donde se ven monumentos, se crean sensaciones, se saborean delicias y asquerosidades, uno empieza a asentar la cabeza y a seguir un camino que ya está bastante definido, pues es lo que durante toda la vida has ido plantando. En mi caso pasa que sí, he asentado la cabeza. Mis ganas de fiesta loca, mis deseos irreversibles de experimentar y, por ejemplo, mi inseguridad a la hora de querer, han cesado. Me he convertido en alguien con las ideas claras sobre qué ser conmigo misma y para con los demás.
Pero continúan los demonios en mi vida. Demonios que no me dejan del todo tranquila puesto que se dedican a incordiar en mis planes y a fastidiar mi futuro. Son demonios que me nublan la vista cual humo azul y me obligan a cegarme. Me hacen ver que no existe amistad como tal, sino interés mutuo por un determinado atributo. Me hacen ver que no soy mejor que nadie, ni siquiera mejor que yo misma. Me hacen percatarme de que lo que está por venir no lo sabe nadie, sino el aire.
Ese malestar se refleja en mis nervios, y mi cara no dice nada, solo actúa. Es el interior el mayor perjudicado. Siento, con fuerza, cómo las neuronas quieren reventar y no pueden, por miedo a despeinarse. Siento, con rigor, cómo me vuelvo flácida, frágil, gelatinosa. El problema no sé dónde está, ni cómo podría encontrarlo. Me lo tomo de forma didáctica como una etapa más que está abierta de par en par y que un día u otro no dudará en cerrarse. Puede ser el paso hacia la madurez, o simplemente una tontería infantil más de mi amplia galería de las mismas.