Terror en la luz.

El cielo es infinito para el pájaro entre rejas.

martes, 26 de abril de 2011

"Tu amor me hace bien". En relato

Es justo ahí, en ese momento que expira, en el recoveco de las milésimas que más bien pronto dejará de suceder, cuando repasas mentalmente la vida. Estoy entubada. No tengo ningún tipo de miedo, aún me sigue quedando ese “poquitín” para estar bien, pero confío en que al principio o al final de la resolución de la sentencia, de mi sentencia, terminará completándose. Siento anises que me caen de la cabeza. Es una sensación bastante extraña, pero no única. Escuché decir a mi abuela que eso también le sucedía a nosequién de nosedónde. Son anises con demasiado sabor, tanto que casi ni lo asimilo.

Me centro en una chica muy guapa y atractiva que habla con un chico de su misma especie. Ella le mira perdida de amor, en él, por supuesto, se ve sexo a raudales. Creo incluso ver cierto bulto en la zona X de su cuerpo. Yo aquí, a punto de entrar en ese túnel y con pensamientos impuros… No cambiaré. Si tuviera un mínimo de fuerzas incluso podría sentir el cosquilleo del placer. Pero simplemente noto frío y calor acumulados en la cúspide de mis entrañas, ahí, contrastándose de vez en cuando y haciéndome perder el norte.

Mi madre ya me había comprado el vestido con tutú que yo quería para la graduación. Está en el armario “del lao de allá” como solía llamarlo. Sospeché en algún momento que algo raro, diferente, vivía dentro de mi, pero tampoco quise preocuparme. Yo estudiaba y aprobaba con buenas notas, yo reía, presumía, comía y dejaba de comer, cantaba, insistía en ponerme morena para el gran día. Quedan solo 20 días para ese gran evento. El acontecimiento por el que pasan miles de alumnos al año pero que para mi era exclusivo, pues por primera vez en la vida me iba a sentir alguien muy importante. Desde bien pequeña había soñado con ese día. No sabía si como médica, filósofa o empresaria, pero algo. En 20 días sería periodista. Una periodista sin ningún tipo de importancia. Sencilla, trabajadora, eficaz… Jamás iba a destacar, no tengo ni buena mano, ni buena voz ni imagen segura, pero podría ayudar, supongo, a mejorar cualquier parte de la vida carente de cariño. Ahora el vestido rosa pálido que tanto nos costó encontrar yace allí, en el armario de madera amarillenta. Supongo que allí quedará, y quién sabe si algún día será objeto de exposición junto con mi habitación entera, como las casas de los años 60 que vi con mis compañeros de carrera en nuestro viaje a Estocolmo hace unos meses, y que pasamos a denominar “de la época”, aplicando el término posteriormente a todo:

-¡Mira qué bolso tan chuli me he comprado!

-Claro, ¡es un bolso de la época!

Pero pensándolo bien, ahora también estoy siendo importante. Siempre me ha parecido curioso observar cómo en estos momentos en los que estás a punto de quedarte de verdad solo, de despedirte para siempre de todo el mundo, eres importante. Es una importancia si no perfecta, sí algo muy parecido. Todos te miran, da igual con qué cara. Mi madre siempre viene feliz a hablarme, me cuenta historias de lo que pasa ahí fuera con el tono de siempre para no preocuparme. Tampoco me iba a preocupar, ya no tengo pánico, pues lo peor ya lo he pasado. Ahora solo queda esperar.

Mil preguntas se me pasan por la cabeza. ¿En qué me reencarnaré? Siempre me ha apetecido ser un pájaro, tal vez por esa libertad implícita que conlleva volar. Volar. Uno siempre quiere volar, muy alto, alzar el vuelo y llegar a ser grande en la vida. Pero muy pocos deseamos volar de forma literal, cogiendo carrerilla y lanzándote al vacío sin temor a caer, pues tienes en los pies dos pequeñas naves espaciales que arrancar de ti la fuerza y la energía suficientes para traspasar mil mundos completos.

Ahora sí que sí, viene la enfermera borde, esa de los ojos saltones, de sapo, con su jeringa a medio rellenar. ¿Por qué? ¿Tienen miedo de pasarse con la dosis? Ya viene a dormirme. Pues hoy me voy a resistir, aún no ha venido a verme él, y no pienso trasladarme al mundo de los sueños sin verle. Él, mi novio, la persona que más me ha querido en la vida y supongo que lo seguirá haciendo si me paso al otro barrio.

Ya siento el vino blanco correr por la vena verde. Creo que están teniendo problemas, se están acelerando un poco. La mujer esta, insoportable, se va corriendo, a mi, se me va a salir el corazón del pecho. Ya llegó él, míralo, está perfecto. Qué pocas veces se lo he dicho y qué de veces le he acusado de mirar culos que no eran el mío… Tengo que pedirle perdón antes de irme, pero, ¿cómo? ¡Si no puedo hablar! Me pongo más nerviosa aún. Viene un médico, por cumplir, pues todos están concienciados de que “no hay nada que hacer”, siento cómo se me van cerrando los párpados, pero no significa que me esté muriendo, solo cierro los ojos para recordar su olor, su sonrisa, y todas esas cosas cursis, sí, soy muy cursi. Me esfuerzo de nuevo en hablar. Toso. El médico me mira asombrado. Abro los ojos con tanta fuerza que casi mato a todos los allí presentes con la mirada. El médico se acerca, mira hacia donde miran mis ojos y ve que es hacia él.

-Chico, me temo que tu amor le hace bien.

Es justo la frase que encaja. “Tu amor me hace bien”. Tu amor me revive, me altera, me asusta. No moriré jamás, y si he de hacerlo, que sea por ti, no por este cáncer. Muero por un beso y él lo entiende. Viene, me lo da, y soy tan feliz que se me quitan las ganas de cualquier otra cosa. Me olvido de luchar. Decaigo un poco y él lo nota. Se aparta de mi y yo hago el amago de querer atraparlo. “No puedo”, leo en sus ojos. Al final le da igual, vuelve a mi, se tumba a mi lado en el poco espacio que queda y duerme conmigo. Me toca el pelo, me hace cosquillas en el brazo como cuando dormíamos juntos en mi piso alquilado de Madrid. Así ya no hay dolor. No ha llegado mi hora todavía pero me siento totalmente en el paraíso. Si no cuento los segundos que quedan para mi muerte es por él. Si no miro con extrañeza todo lo que ha cambiado en un solo mes, es por él. Si no actúo como si no entendiera nada, es porque él me mantiene viva. ¡Señores expertos de la medicina del mundo! Tengo la cura del cáncer. Ojalá se sintieran esto los políticos, los piratas, los maltratadores, los terroristas, los matasueños…Ojalá fueran felices, como yo, aunque solo fuera un instante.

martes, 25 de enero de 2011

No importa.

Una fibra óptica desconocida trata de acaparar mi ojo, y me niego.

Sonreír no es tan complicado, si no, díganselo a todos aquellos que tienen esa manía, o a los payasos, que llevan la sonrisa dibujada.
Me he balanceado entre los recuerdos más importantes de estos últimos años con la intención de encontrar una pista que me haga recordar cómo lo hacía. Yo estuve hasta las 8 de la mañana de fiesta y luego viajé sin dormir. Yo hice pis en un basurero, delante de gente y me rompí las medias. Yo me caí al suelo, me reí hasta tener dolores. Hice muchas cosas que ya no sé hacer. He querido volver a aquello, saltar sin nombre, volar en modo Gadget. Pero no, y no, y no, y no.
No importa que el sol me dé.

miércoles, 24 de noviembre de 2010

Noviembre.

"Me siento bastante sola. Bastante sola"

Seguro que tiene que haber una forma, una manera de describir lo que ahora mismo sucede dentro de mi cuerpo, pero no doy con ella. Creo que después de 21 años de vida, donde se ven monumentos, se crean sensaciones, se saborean delicias y asquerosidades, uno empieza a asentar la cabeza y a seguir un camino que ya está bastante definido, pues es lo que durante toda la vida has ido plantando. En mi caso pasa que sí, he asentado la cabeza. Mis ganas de fiesta loca, mis deseos irreversibles de experimentar y, por ejemplo, mi inseguridad a la hora de querer, han cesado. Me he convertido en alguien con las ideas claras sobre qué ser conmigo misma y para con los demás.
Pero continúan los demonios en mi vida. Demonios que no me dejan del todo tranquila puesto que se dedican a incordiar en mis planes y a fastidiar mi futuro. Son demonios que me nublan la vista cual humo azul y me obligan a cegarme. Me hacen ver que no existe amistad como tal, sino interés mutuo por un determinado atributo. Me hacen ver que no soy mejor que nadie, ni siquiera mejor que yo misma. Me hacen percatarme de que lo que está por venir no lo sabe nadie, sino el aire.
Ese malestar se refleja en mis nervios, y mi cara no dice nada, solo actúa. Es el interior el mayor perjudicado. Siento, con fuerza, cómo las neuronas quieren reventar y no pueden, por miedo a despeinarse. Siento, con rigor, cómo me vuelvo flácida, frágil, gelatinosa. El problema no sé dónde está, ni cómo podría encontrarlo. Me lo tomo de forma didáctica como una etapa más que está abierta de par en par y que un día u otro no dudará en cerrarse. Puede ser el paso hacia la madurez, o simplemente una tontería infantil más de mi amplia galería de las mismas.

jueves, 26 de agosto de 2010

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Fíjate cuánto se pierde. Esos momentos locos en los que mientras tanto, alguien se ahoga.


No me dejes ir para atrás, me mareo mucho. El sillón de atrás, en los autobuses, tiene un efecto rueda que provoca cierto nerviosismo craneal psicológico que a la larga se convierte en arcadas. Yo se lo pedí, y no hizo caso. Es difícil de entender cuando la petición sale de mi boca, pues la complejidad del panal de abejas que poseo es directamente proporcional a lo absurdo de la misma. Dos cosas tan diferentes en un mismo lecho. No puede haber un positivo resultado.
De primeras lo advierto, pero nadie quiere hacerme caso. En el amor pasa que se enamoran, en la amistad que envidian y en la familia la ignorancia total. Así termino en total disconformidad con los de mi sangre, en pasotismo con intereses en los amigos y en rotura de corazón en el amor. Pero que conste que yo lo advertí.
Ahora solo quiero estar sola, a ver si entienden. Aislamiento lúgubre con la sombra de cuando tenía unos 15. Porque estoy en plena madurez y no quiero que nadie lo vea.
Así que, tú, déjame. Más de 24 horas sin vernos, estaremos, y con cero comunicación. Apagaré el teléfono, romperé las redes sociales por día y medio.
Ellos, que me olviden. No los necesito.

lunes, 2 de agosto de 2010

Qué será, será.

Lo que sientas en cada momento simplificará tus irreversibles ganas de morder.

Será por fingir seguir ciertas ideas,
o por entrar en un enamoramiento prematuro.
Será por el miedo al futuro,
o por las palabras inciertas.
Será que tú ya no eres mi mujer,
que alguien te me ha llevado,
será que por ti desde ayer no he llorado,
o que tú ya no sabes ni quién puedes ser.
Será un desastre de vida,
un trabajo no dignificante,
será que viento me arrastre,
o que despierte mi ira.
No será, o tal vez sí, el pasado obsoleto,
que arranca de lleno mis lujurias.
Será que perdí las penurias,
en un bar de esqueletos.
Será que me pierdo en sus gestos,
que me atrae su locura,
que bien mi padre podría ser cura,
y su hija un caldo de deseos.
Será que nací rana,
que ni ella ni él ni el perro me soportan,
será que mi vida ya no les importa,
o que soy impura como Juana.

Solo sé que es cierto que no hay combinación de horrores. Que si paz y guerra son buenas, que si amor y odio van de la mano por el interés.
Solo sé que si una cosa, no otra. Que si soy feliz por aquí, por el otro lado me odian. Que si tengo novio cambio y ellos... No lo soportan.

martes, 15 de junio de 2010

?

Sitúate en posición espiral, pídele ayuda a un mentalista.

Me ayudo a ver que no hay ningún motivo para esto. Soy tan perversa. A veces es imposible llenar mi ser con flujos o arena, mismamente. Y sí digo que no quiero dañar, pero termino maniobrando de manera contraria. Puede que tenga un grave problema. ¿Sabes? No dudé en cantar mi enamoramiento. Pero también advertí lo difícil que resulta mantenerme en pie cada día, empaparme de sentimiento cada segundo... Y es que es posible que mi manera de amar sea desenfrenada y vaya más allá de cualquier método filosófico absurdo. Rompo esquemas, quemo clichés. No termino de hablar y llorar amor y algo me sucede. No hay ningún porqué, ni una escusa. Es todo cuestión de segundos. Algo me absorbe lo de dentro y lo sustituye por mal humor, miedo e "insoportabilidad". ¿Quién me dice, pues, qué pasa? Dame tiempo de aclararme, dime una hora y un lugar donde dormir y pensar. Déjame analizar cada situación y ayúdame a encontrar la salida.

jueves, 10 de junio de 2010

Adiós, chica.

Ayer me encontraba mal, mi perro también. Nos dolía es estómago. Quién sabe si por la comida, por el tiempo o por la opresión craneal.
El caso es que no hubo forma de dormir. Yo me controlé, pero él no lo consiguió y vomitó. Así, sigiloso, sin que nos enterásemos. Lo hizo con cuidado y apartándose de nosotros.
Las vueltas que dí, ni las conté... Y nada, no conciliaba el sueño. Incluso le pedí ayuda a él, a ver si desde las alturas conseguí introducir dentro de mi cabeza unas imágenes relajantes que me ayudaran a cerrar los ojos de un vez. Probé miles de posturas, todas ellas incómodas. Me pico esto, me duele la pierna, se me duerme un brazo.
Luego, al poco de intentarlo, no pude más. Me senté y me entró un miedo raro, como si algo estuviera pasando en ese instante. Así que no lo dudé y lloré con ganas. Recorrí mi vida en un momento. Pensé en las de cosas que yo había planeado, en todo aquello que cultivé con el fin de ser feliz en el futuro. Y también caí en la cuenta de que fue en vano cada paso.
Y nos preguntamos por qué, claro. Pero es que no hay una respuesta certera, es sin más la vida, que nos hace cambiar y transformarnos. Unos se vuelven monstruos por hacer el mal y otros se convierten en engendros que maquinalmente se mueven, sin percatarse de relojes o de mentiras. Ahí es cuando se pierde todo tipo de noción. Con las personas de fuera actúan como normales: agradables, creíbles, racionales. Pero dentro de casa y dentro de sí mismos, la tormenta.
Todo es un imposible desde entonces. En palabras claras, para entendernos, a esto se le llama locura, locura de la buena. Una locura contagiosa que bloquea el cuello y anula músculos... Que perpetra, que anula la profundidad de la mirada y la convierte en vacía.
Ahora ya, todo está más que perdido.
Adiós, chica.