Un manido papel en la vida consiste en ser temeroso de las
alegrías del mundo. Escabullirse en la lenta agonía de las carcajadas de los
demás es como un cubito de hielo que te roza los pezones. Pero al final, tanta
rigidez exige ser feliz tú, también. No puedes excluirte eternamente. Los
buenos actos de determinados individuos son infinitamente superiores al daño
que otros te hayan podido causar. Es cierto, la mejor fragancia viene en los
pequeños envases; por eso, la felicidad más rotunda se sirve en dosis mínimas.
No podemos ser enteramente serios, ingratos o ciegos. Necesitamos
nutrir nuestros dorsos de elixir de adrenalina con forma de sonrisa. Y no puede
ser de otro modo. La fórmula del enfado se supura con saliva color miel.
Debemos ser considerados con aquellos que tratan de sacar lo mejor de nosotros.
Lo hacen porque quieren, no están obligados.
Es cierto, a veces son tantas las personas que buscan y nos
exigen lo peor de nosotros que terminamos acostumbrándonos a mirar sospechando
al universo. Pero de entre las piedras aparecen almas que nos quieren, que nos
dan la mano, que no nos dejan ni caer ni retroceder. Incluso en la muerte ellas
están. Y jamás estaremos solos, por ello. Nunca podremos no esbozar una
sonrisa. Es imposible. A veces, tal vez la ahoguemos, pero eso ya es reír. Y
tenemos que jodernos, porque la seriedad no es constante y se esfuma cuando
menos queremos que lo haga.
El miedo a ser feliz. Probablemente sea un problema al que
todos nos enfrentamos. Es más cómoda una lágrima de tristeza que una de
alegría, pero es mucho más sencillo sonreír que formar la curva inversa:
tenemos la forma dibujada hacia el cielo. Nuestros labios hablan por sí solos,
no vayamos contra natura.
Al tratarse de un “diccionario” de las artes, y entrecomillo la palabra
diccionario ya que lo que menos intenta ser es un ensayo académico y formal con
términos neutrales y definitorios, es complicado tratar de extraer la idea
término a término. Por ello creo que el modo más lógico de resumir brevemente
el libro de Azúa es compilando las palabras que más se asemejan y las más
relevantes para crear primero ideas por grupos y luego una idea general.
El tono irónico con el que Félix de Azúa explica el significado oculto
de algunos términos es digno de mencionar, pues es necesario tenerlo en cuenta
y captarlo cuanto antes para aportar un sentido diferente y más exacto al
ensayo. Tiene múltiples giros humorísticos que ayudan a convertir un sinfín de
palabras complicadas en un ameno índice de ideas. A pesar de ello, no deja de
ser un libro serio, didáctico, que pretende contribuir al crecimiento de la
inteligencia en el ámbito del Arte para las personas que lo leen.
El Arte, como tantos otros ámbitos de la vida, ha sufrido a lo largo de
los siglos diferentes procesos de transformación que han hecho de él ser, a
veces ,el protagonista bueno de la película y otras el enemigo del ser humano.
Y esa transformación se prolongará de manera infinita y constante, cual
espiral.
Como explica el autor, el Arte ha pasado de ser un producto de las
clases sociales más bajas, cuando se consideraba así a la labor que realizaban
los antiguos artesanos, que apenas sí tenía valor, a un lujo burgués que solo
pueden permitirse los más adinerados. Pero en este libro, no solo puede
divisarse ese contraste que a simple vista todos conocemos. Azúa profundiza en
las modificaciones del arte desde muchos puntos de vista. Cambios no solo
económicos, sino también morales o físicos, entre otros.
Uno de los cambios más significativos y en los que se centra durante
varias páginas el autor, es el que va del Arte realista al Arte abstracto. Fue
el momento en el que algunos artistas comenzaron a detestar el hecho de que la
pintura tuviera la pretensión de reflejar el mundo y las cosas y trataron de
romper con ello con una brusquedad que nadie entendía. Provocaron el
desconcierto de muchos intentando explicar la importancia de los colores desde
el punto de vista de la llamada “sensibilidad inobjetiva”. También, otros
pintores, deseaban “exterminar” o reducir al máximo la utilización del color en
sus obras y resaltar el blanco y negro como los colores del verdadero Arte.
Siguiendo en la letra “a”, es importante hablar de la figura del
artista. A lo largo del libro, en varias ocasiones, el autor ensalza al artista
como la persona encargada de plasmar. Lejos de ser el responsable o “culpable”,
el artista es el narrador. Y no es un narrador omnisciente, sino descriptivo.
Simplemente vive, siente, padece, etc, determinados momentos; se mueve en una
sociedad en la que pasan cosas, con personas que influyen y crean emociones,
con situaciones que de algún modo modifican parte de su interior. Él observa
(narrador observador) y luego describe. Pero lo hace de una forma muy exacta y
asemejándose lo máximo posible a lo vivido.
El caso de los bodegones, para lectores del libro principiantes en el
mundo del Arte, es muy curioso. ¿Quién puede imaginarse que dentro de la pintura
de frutas, jarrones, aceite o pan, entre otros, dispuestos sobre una mesa se
esconda un mundo de sentimientos e ideas? ¿Quién puede pensar que gracias a
esos elementos se puede conocer más profundamente el carácter del pintor? Azúa
lo explica con detenimiento. Y es que esa “Naturaleza muerta”, es decir, esos
alimentos y objetos sin vida, dependiendo de cómo estén dispuestos en el cuadro
y del aspecto con que les haya dotado el artista, transmitirán miles de
sensaciones, todas ellas relacionadas con el carácter y la forma de ser de su
autor. Pone el ejemplo de las pinturas de Meléndez, autor de “bodegones
calavéricos”.
“El Arte ha muerto”,es la idea
clave de este libro. Ha decaído el Arte para dejar paso a las artes, según
cuenta Azúa. Un Arte que engloba todo, un Arte cargado de responsabilidades que
no podía resistir con tanto. Por eso al final se dividió en los siete artes ya
conocidos. Dentro de esto es importante observar cómo destaca la arquitectura
como un arte del que, de algún modo, depende el resto, pues las piezas
arquitectónicas no dejan de ser lugares y normalmente en los lugares se
esconden las artes.
Otro concepto relevante que a su vez engloba otros muchos mencionados en
el libro, es el de “deconstrucción”; un término que no significa más que
“destirpar el Arte”, hacerlo pedazos de forma que no signifique nada en su
conjunto, que sea un imposible el hecho de extraer una idea general, un
concepto definitorio. Fue una corriente muy arraigada durante un tiempo que ha
sufrido un cambio radical, pues en la actualidad parece “absurdo” el hecho de
no sacar una idea aclaratoria de las cosas, básicamente porque no habría una
manera de entender el mundo.
La relación Arte – Filosofía – Literatura, es una constante en el
ensayo. Al fin y al cabo no dejan de ser disciplinas muy similares en algunos
aspectos y que se complementan unas con otras. El Arte sin un toque filosófico
que ayude a pensar o sin un estilo literario, no sería un arte tan ambicioso y
rico en detalles. Además, Azúa recalca dicha relación mediante el uso de
términos como la muerte, las metáforas, el caos, la nada…
Por otra parte, observando la obra como “manual” de Arte, el autor
define minuciosamente las diferencias entre Vanguardias, Arte Contemporáneo,
Arte Moderno o Arte Actual, pues son conceptos que tienden a confundirse con
gran facilidad. “Lo contemporáneo es, sencillamente, lo que coincide en el
tiempo”, dice Félix Azúa, y añade que “el arte actual es más informativo, hace
referencia a la actualidad o inactualidad de las obras contemporáneas”. Para
definir el Arte Moderno utiliza un texto de Julien Gracq que dice: “Lo moderno
no resucita, como suele creerse, nuevo o cambiante en cada
época, sino que sólo ha tenido una verdadera primavera entre Wilbur Wright y el
asesinato de Sarajevo”.
Respecto a este mismo tema explica su punto de vista del porqué de esta
confusión con los conceptos señalando que “surge de nuestra visión
evolucionista e historicista de los productos artísticos los cuales parecen
cagarse de valor en la medida en que llevan en sí semillas de modernidad”, sin
embargo, concluye, “la modernidad de una obra de arte no añade nada a su valor
artístico”. Sin embargo, el Arte de vanguardia es, dice, algo así como “la
aceptación de la hipótesis de la muerte del arte en su versión hegeliana”.
“Ofrecían una producción artística dedicada a la reflexión sobre el Arte y no a
su simple contemplación”, resume.
Como idea general del ensayo, Azúa pretende hacer pensar a los lectores
a través de la pregunta: el Arte, ¿seguirá vivo o morirá? Finalmente la
resuelve (indirectamente) aceptando un SÍ. Sí, el Arte tiene que asumir su
muerte. Y esto sucede por el hecho de considerarlo un bien casi, incluso,
material, que no hace más que diferenciar clases, que excluir ideas. Al final todo
termina siendo Arte y dentro de ese “Todo” no existe más que “Nada”.
Como dice Félix de Azúa, los productos del Arte deberían ser
significativos desde el punto de vista de la necesidad. Que influyera (siempre
de forma positiva) a varios segmentos de la población y no solo a unn círculo
de profesionales como ha sido el caso en las sucesivas academias. Que los
productos del Arte hagan resonar voces capaces de alcanzar a unos cuantos más.
Por último, el autor menciona una frase de Nietzsche que dice: “el Arte
debe superar a la Verdad”. Con esto el filósofo pretende transmitir que el arte es pensado, desde la
voluntad de poder como la voluntad de apariencia, de engaño, dado que no es la
Verdad lo determinante, sino si un valor, idea o concepto afirme o no la vida.
Para Nietzsche, “es necesaria la verdad para la definición de todo aquello que tiene un
valor muy alto”, por ello y volviendo a la frase primera, el Arte debería
tratar de superar a la Verdad.
Tú fuiste muy tú. Yo fui demasiado tuya. Y por error nos
convertimos en quienes no quisimos ser. Nos convertimos en otros. Probablemente
el exceso de rapidez terminó con la lentitud de nuestras caricias. La ternura
no es más que agonía si no cierras con candado el pasado. Porque el camino de
la felicidad es un sinfín de posibilidades neutras que mueren cuando las ganas y
la ilusión superan. Ilusión. No sé dónde quedan los restos de ella. Yacen
dentro de alguien a quien se lo transmitimos con nuestras acciones primerizas.
Y hoy solo son objeto de poesía. Ya no son realidad.
Vi en ti lo que tal vez muchos dejen pasar. Vi en tu
interior lo que creí no ver en nadie más hasta el momento. Pero también
descubrí que en realidad somos uno más para todos. Yo seré una más también y el
tiempo logrará olvidarnos. Todo es pasable, permisible. Y conseguiremos
recuperarnos a pesar de que la carga que se nos acumulará en el corazón sea
demasiado grande.
Tus taras son muy caras para mí. Tus besos están a años luz
de mi locura. No me puedo estacionar en la vía de la tranquilidad cuando mi
corazón solo pide espirales intensas de infinita pasión. Soy nómada de
sentimientos, sin embargo me encuentro clavada en tu edén. Me pregunto cada día
por qué merece la pena, aunque lo sé. Solo quiero que me lo explique tu alma y
nunca lo hace.
Me conozco. Y a pesar del dolor que crearé en mí y en los
demás, terminaré retirándome del juego si mi felicidad pende de un hilo. A veces
ser egoísta es más lógico y placentero que el castigo que eso conlleva.
Para cuando el Sol estaba fuera de la nube, yo ya había
desaparecido de la faz de la Tierra. O amas, o vives. Y tú a veces eres los
rayos que asoman entre los resquicios de la espumosa y voluptuosa conjunción de
agua flotante. Si amas, mueres. El amor no es continuidad pura, es un episodio
de viveza superficial que se agota cuando el Sol decide ya esconderse de por
vida. Te das cuenta de ello cuando rompes en trescientos pedazos el alma y
luego ya no vuelve a palpitar la vena de siempre. Y se nos calibra el
sentimiento de un modo distinto, sin miedo ya, con soltura. Porque el vapor de
agua se tragó todo el calor. Porque ahora la nube es mía. Soy la primera
persona de tu plural. Habrá miles de casi tú. No habrá nadie jamás. No volveré
a mirar al cielo cuando deje un paisaje tan maravilloso. Ensalzaré a la lluvia
por encima de todas las cosas. El Sol, mi Sol, ya no me pertenece y por tanto,
jamás volvería a presenciar su presencia si fuera posible.
Se ha quedado todo naranja y está también el recuerdo de
esos rayos que estaban cerca y ahora ya no existen. Parecía el nacimiento de
Dios. Era impermeablemente perfecto y rabiosamente extraordinario. Era la
posibilidad de dos cuerpos reventando de un placer ingrato. Un incremento de la
verdad en el mundo. Un amanecer de tinieblas brillantes. Lo nunca visto. O
amas, o no eres.
Si la nada nunca es nada, siempre será algo. Y un algo,
nunca podrá ser nada de nada, aunque a veces puede ser nada a medias. Ahí se
esconde el peligro. Ahí y en las diferentes esencias de mi piel, que oscilan
entre una profunda demacre y una dulce agonía, dependiendo de dónde me encuentre
en cada momento. Pero es mi piel, al fin y al cabo. Son pequeños detalles
incontrolables, que jamás podrán cambiarse, pues todo está premeditado y
milimétricamente gestionado. Igual, exactamente lo mismo que el hecho de que tú
seas tú y no yo y de que tú seas quien eres por quienes te han creado. Que si
uno solo de tus creadores no hubiera sido, tú no serías tú y serías otro
completamente diferente. Eso es así.
Tienes un trabajo, unos hijos, unas escamas invisibles.
Tienes una casa, plantas pinos cada día, retrocedes en el tiempo y te anticipas
en cualquier obra de caridad para ser Dios. Porque crees que Dios está en el
hombre o porque dudas de si Dios vendrá a buscarte y a hacerte su cómplice,
cual Jesucristo. Debe ser agotador eso del cálculo diario para conseguir, un
día ser un ser omnipotente.
Pero todos vivimos al límite. Lo que importa, al fin y al
cabo, es alcanzar tus objetivos. Derivamos en máquinas jamás perfectas.
Intentamos por todos los medios ser cada día un poco más increíbles. “No me
hablen de locura, por favor”. El caos es, para ti, el mayor pecado de la
humanidad. Todo ello por el simple hecho de temer un futuro incierto. Por tener
miedo a todo aquello que se te escapa de las manos o se coloca más allá de tu ángulo
de visión. Es un lío. Pero un lío que cada día te hace ser más repulsivo, pues
aparcas y vendes al olvido la palabra amor.
Su forma de escribir y plasmar las ideas sobre cualquier
tipo de material maleable, era misteriosa. Parecía, siempre, que ocultaba
rasgos de su existencia. Parecía, a veces, que al mismo tiempo que ejercía sus
labores, estaba asesinando a algún ser vivo.
Y si había que imaginársela, sería siempre en la oscuridad,
como una reina de las sombras o como un pájaro de las tinieblas. Se definía
como un ser diabólico. Y no lo era en absoluto. Era un duende del abismo o algo
similar. Era un eco, un murmullo de la lluvia y un libro ateo. Era un lugar
recóndito que todo el mundo quiere conocer alguna vez en la vida. Un océano de
imperdibles punzantes, de los que no se arrancan de la piel tan fácilmente.
Solo le faltaba beber sangre para completar el mito.
Fascinante.
De niña la solían vestir de verde. Querían que se camuflase
con la Naturaleza. Y precisamente lo que adquirió fue el don de ser parte de
ella. Sus sueños son muy tradicionales y su melena es tan obsoleta, que parece
que ha vivido más de veinte mil siglos. Su silencio es su altura elevada al
cubo. Y se extiende, como ella misma, a lo largo de un bosque tenebroso.
La describen como el azabache. Y no es cierto. Es el más
puro brillo de las estrellas, la desnudez de un suspiro y la luz más
grandiosa de los infinitos universos.
Se la confunde innumerables veces con una piraña. No es
mucho más que un delfín tal vez atolondrado o llevado al límite de la
impaciencia.
Suele, muy a menudo, buscar su lugar en Dios mientras se
lanza al agua más cercana para conjuntar la palma de su mano con la hidratación
de la vida.
Es tranquilidad y episodios de temor. Es lujuria ahogada en
una lata de tortugas poseídas por un lagarto hembra.
Como un pisapapeles he regresado de ningún lugar en el que
antes hubiera estado, machacando a la vida por las zonas dolorosas de su
inimaginable organismo. Sin planes de guerra pero, pero supuesto, sin firmar la
paz. Un regreso inoportuno y más que nunca inesperado.
De un cerramiento profundo, aislado y sangrante, renací con
un simple abrir de ojos y una apertura de la pequeña ventana del baño. La
reacción fue inmediata: los malos humos y las pestes diabólicas se esfumaron
sin dejar rastro. Templanza. Solo es eso. Bueno, también consiste en, a veces,
pensar y razonar, y dejar de lado por instantes el corazón.
Algunas de las reflexiones que alcancé en mi letargo fueron
muy sencillas, pero absolutamente ciertas: “vive” y “sé libre”. ¡Qué fácil1,
diréis, ¿no? Lo cierto es que sí. Vivir es crear un ambiente en el que se
combine una sucesión de sentimientos de todo tipo. Si limitas la vida a un solo
sentimiento, la escasez de aventuras y recuerdos te llevará a persuadir tu alma
hasta el punto de hacerle entender que no puede haber nada más ni mejor. Vivir
es amar cualquier punto, coma, resquicio o hueco de la vida. Es así y no puede
ser de otra forma. Perderse en una espiral de una sola curva, es errar. Las
espirales son símbolos de constancia que cada vez se aproxima más y más hacia
la perfección. Simbolizan la eternidad. Y nada puede ser eterno si se compone
de un solo giro sustancial. Nada puede ser infinito si no se ve rodeado de
imperfecciones. La espiral más perfecta no es la más cuidada ni la mejor
elaborada, sino aquella tan salvaje y natural que no necesita macerar. Solo
necesita vida. Ya solo con esta explicación pasamos, fundimos, mezclamos la
primera reflexión con la segunda: “sé libre”.
Libertades existen muchas, de muchos tipos. Yo solo conozco
una: la de estar preso en alguien. Es complicado de explicar. “Si estás preso,
-diréis-, ¿cómo vas a ser libre?” Precisamente ahí se encuentra el misterio y a
la vez la verdadera solución. Si la interpretamos “a bote pronto”, podemos caer
en el error de darle un significado que en realidad no es. No quiere decir que
lo más maravilloso del mundo sea atarse a una persona, encerrarse en ella y no
querer mirar más allá. O al menos, para mí YA no dice eso. Antes, reconozco que
sí. Porque como ya todo el mundo sabe, yo amé más de lo debido.
La Libertad de estar preso en alguien es la espiral que
habita en cada persona, en cada cosa, en cada palabra, en cada gota de sudor.
Se trata de construir acciones de forma libre que te lleven sin pensarlo a
obtener una conexión perfecta con otro sujeto, objeto, frase… Sin hacer un
esfuerzo superior al que la propia acción necesita. Un ejemplo:
Tengo sed, porque llevo más de dos horas sin beber agua y estamos a 45
grados. No fuerzo la situación. No bebo para llenar el estómago de agua o para
evitar la retención de líquidos, sino que bebo porque tengo la necesidad de
hacerlo y mi cuerpo, si no bebiese, se deshidrataría. Entonces ejerzo la
acción. Me levanto, lleno el vaso de agua y bebo. En esa sucesión de
movimientos, expresiones, pensamientos… Solo hay unos, determinados, que son
los que prevalecen sobre los demás. Debemos intentar, cada día más, evitar
gestos que sobran y realizar aquellos justos y necesarios que nos harán libres.
Aunque también… Lo cual conlleva un sobreesfuerzo en la Libertad de cada
individuo… Podemos buscar e incluir acciones que sean incluso mejores y que nos
hagan no solo ser personas, sino las mejores personas del mundo.